lunedì, maggio 02, 2005

Río Grande

Llegué andando desde el norte hasta mojar mis pies en la orilla del Río Grande. Ya sólo tengo que cruzarlo para ser libre, pensé. Me desnudé, porque había leído que así se nada mejor, y antes de lanzarme al agua decidí dejar un último recuerdo en aquel país. Así que alivié mi estómago detrás de unos arbustos en la orilla norte del Río Grande. Y ya estaba listo para empezar a nadar rumbo a México, cuando apareció un cowboy.
Me miró desde lo alto de su caballo. El sol me deslumbraba y no le veía la cara.
–¿Cómo te llamas? –me preguntó.
–McTigue. Brendan McTigue –respondí, y es que soy muy bueno inventando nombres falsos.
–Mmmm –dijo él.
Me observó unos segundos y al final volvió a preguntar:
–¿Y qué haces desnudo por aquí? Da igual, no me lo cuentes. ¿No has visto unos indios por aquí?
–¿Indios? No –respondí.
–Mmmm –dijo otra vez.
Me observó de nuevo y de repente saltó del caballo y, como si yo ya no existiese, empezó a explorar el terreno. Detrás de los arbustos encontró mi recuerdo para ese país, qué cosas. Vi como olfateaba mis excrementos.
–Mmmm –dijo.
–¿Qué encontró? –me animé a preguntar.
–Mmmm… Arapahoes –anunció– Hace dos días. Tres quizás. Jamás les había visto tan al sur.
Y mientras me contaba todo eso, llegó un segundo cow-boy. Desde lo alto de su caballo, me miró, miró al otro cowboy, y volvió a mirarme a mí.
–¿Cómo te llamas?
–Eemm… Esto… McTigue. Brendan McTigue –dije, casi había olvidado mi nombre falso.
–No sabe nada, Ross –intervino el primer cowboy.
El segundo cowboy, el llamado Ross, observó al primer cowboy y luego volví a observarme a mí.
–¿Y qué haces desnudo? Da igual, no me lo cuentes. ¿Has visto indios? –dijo.
–No –dije.
–Han pasado por aquí, Ross. Arapahoes. Hace dos días, quizá tres. Ahora mismo pueden estar ya en Laredo.
–¿Dos o tres días? Pueden haber llegado a Abilene, si quieren –asintió el segundo cowboy, el llamado Ross, mientras se acercaba a los arbustos.
–Mira esto –el primer cowboy mostró a Ross mis excrementos.
–Mmmm –dijo el segundo cowboy.
Ross olfateó mi recuerdo para ese país.
–Mmmm –dijo de nuevo– ¿Arapahoes, dices? No son arapahoes, Lancy –anunció– Son mescaleros. Mescaleros, Lancy. Jamás les había visto tan al norte.
–¿Mescaleros? ¡Menuda sandez, Ross!
–¿Qué insinúas?
–Que no son mescaleros, Ross. Eso es una gilipollez. Son Arapahoes.
–¿Me insultas?
–Eh, Ross, guarda el revólver. ¿Has bebido demasiado?
En fin, que Ross y Lancy se liaron a tiros. En el tiroteo murieron los dos, incluso un mexicano que, como en las películas, cayó de la azotea de una casa cercana. Cuando ya estaban todos muertos, recogí sus revólveres, aún calientes, para que nadie más se lastimara. Y entonces llegó un grupo de indios, arapahoes y mescaleros juntos, y también seminolas, y paiutes, y navajos, y pies negros. Un hatajo de indios mezclados, en fin.
–Jau –dijo uno, que parecía el jefe.
–Hola, qué tal –dije yo.
–Mmmm –dijo el jefe indio mientras observaba los cadáveres y me observaba a mí, desnudo y armado hasta los dientes.
El indio bajó del caballo y se acercó, cómo no, a los arbustos. Y olfateó mis excrementos, como cualquiera que había pasado por allí en los últimos veinte minutos.
–Mmmm. Hombre blanco. No más de veinte minutos –anunció.
Después me miró con atención y volvió a contemplar los cadáveres.
-¿Hombre blanco desnudo ha hecho todo eso? –dijo, señalando a lo que quedaba de Ross y Lancy.
–Emmm… –dije yo.
–Mmmm. No contarmelo. Da igual. Hombre blanco desnudo que mata hombres blancos muertos, es amigo pueblo indio. Toma, amigo.
El gran jefe indio me regaló un caballo blanco y negro. Y crucé el Río Grande a caballo y llegué a Tijuana, y viví siete días del amarillo de la cerveza de Chávez, del rojo de su vino, del negro de los cabellos de Patricia Teresa, del blanco de su falda, del rosa de sus pechos, del marrón de sus ojos, del verde del dólar con el que le compré una flor azul.

7 de septiembre de 1998
Traducido al castellano y adaptado para Patricia Teresa en mayo del 2001