giovedì, ottobre 09, 2014

La segunda frase

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giovedì, settembre 25, 2014

Gracias a Dios que soy negro

Leyendo a Hemingway, en Por quién doblan las campanas. Me hizo gracia, y eso que no soy negro.

"-Bueno -dijo el gitano, y empezó a cantar con voz lamentosa:

Tengo nariz aplastá,
tengo cara charolá,
pero soy un hombre
como los demás.


-Olé -dijo alguien- Adelante, gitano.

La voz del gitano se elevó, trágica y burlona:

Gracias a Dios que soy negro
y que no soy catalán
"

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mercoledì, febbraio 05, 2014

El papel

Gentes que entienden de ello me aseguran que las redes sociales ganan terreno día a día y que sus usuarios abandonan en masa los medios de comunicación tradicionales: la radio y hasta la televisión y, sobre todo, la prensa escrita. Dicen que la celeridad de Twitter y otras redes es irresistible y que las noticias se anuncian en décimas de segundos al mundo entero. Y es verdad, veo que la estupidez y la mentira nos llega ahora a una velocidad inimaginable para quienes, como yo, preferimos la falsedad y la tontería reposada de los viejos diarios de siempre. En el papel sabemos leer entre líneas y creemos entender quién engaña a quién y para qué; entre las breves líneas de Twitter uno sospecha que jamás hay nada escrito. O sea, que todo ha cambiado. Y que todo es lo de siempre, pero ya ni el papel nos queda. A ver quién se limpia el culo con un iPad.

lunedì, gennaio 27, 2014

Ojos azules

Leo en los periódicos que “los europeos de hace 7.000 años tenían la piel oscura y los ojos azules y, curiosamente, no poseían la capacidad de digerir la lactosa”. El estudio del genoma de los restos de un hombre del mesolítico hallado en unas excavaciones en León así lo indica. Bueno… ¿están seguros? ¿Y quienes están seguros? ¿Los científicos? ¿O los periódicos?
Me acuerdo ahora aquel chiste del viajero que, al acercarse su barco a las costas británicas por primera vez, divisó a lo lejos por fin a un hombre, que caminaba ayudado de sus muletas. “Los ingleses son cojos”, exclamó el viajero. Si en el futuro –unos 7.000 años, por ejemplo- mis restos son conservados magníficamente –y los vuestros no- y alguien pierde el tiempo en estudiar mi genoma, es posible que acaben deduciendo que los europeos de nuestra época tenían los ojos marrones. Llevaban gafas. Y digerían estupendamente la lactosa.
Leo también, y nada tiene que ver con lo anterior, que el científico Stephen Hawking ha asegurado que los agujeros negros no existen. ¡Bueno! ¡Por supuesto! No sé vosotros, pero yo siempre estuve seguro.

mercoledì, novembre 06, 2013

El día en que Mallafré se rompió el brazo

Las de submarinos, sin duda; las películas que prefiero son las de submarinos. Ese juego del gato y el ratón con los enemigos, ese sepulcral silencio exterior… ¡esa claustrofobia! Y, por encima de todo, esos fantásticos capitanes capaces de emitir seis o siete órdenes seguidas sin apenas respiro, y siempre a gritos. “¡Cierren la escotilla de babor!”, “¡Póngame en comunicación con el contramaestre!”, “¡Bajen el periscopio!”, “¡Preparen misil número dos!”... “¡Lancen contramedidas!”. Es mi género preferido, sin duda. Y no puedo oír esa maravillosa retahíla de órdenes sin recordar el día en que Mallafré se rompió el brazo.
Fue en el patio del colegio, hace ya muchos años, cuando apenas teníamos doce o trece. Jugábamos al fútbol y en realidad no sé cómo sucedió: recuerdo, sí, el silencio sepulcral que se apoderó de todos, Mallafré incluido. En la caída, el brazo se le había roto por un par de sitios y le colgaba como un guiñapo ante su atónita mirada. Y la nuestra. Lo siguiente fue la inmediata aparición del Hermano Agustí, llegando desde la banda y cruzando el patio a grandes y decididas zancadas. Y dando órdenes: “¡No le toquéis!” “¡Apartaos!” “¡Subid a clase! ¡Todos!”. Borderas, no sé por qué él, recibió una orden directa del Hermano Agustí: “Corre, Borderas, rápido, a consejería, avisa al señor Vicente que llame a una ambulancia!”. El Hermano, de quien jamás habría sospechado yo esos dotes de mando, cogió delicada y eficazmente a Mallafré, que a esas alturas ya se había desmayado, sin proferir un solo gritito, y se lo llevó en volandas. El silencio seguía siendo sepulcral y lo fue toda la tarde, incluso cuando ya estábamos otra vez en clase.
Mallafré tardó unos días en volver, aparatosamente enyesado y, estoy seguro, esperando lucir su protagonismo. Craso error. Mallafré no tardó en darse cuenta del anónimo papel que le tocó vivir en la tragedia. Los protagonistas, quedó claro, no fueron ni él ni tampoco el Hermano Agustí. Fuimos nosotros, que llevábamos días contándonos los unos a los otros qué vimos, qué sentimos, qué hicimos en esos breves segundos que sucedieron entre la caída de Mallafré y la marcha del Hermano con nuestro compañero en brazos. Nos contamos la historia, la recordamos, la mejoramos.

-Cuando llegó la ambulancia… –empezó Mallafré.
-Tú que sabrás, tú estabas desmayado –le corregimos.

Las películas de submarinos, sin duda.

mercoledì, ottobre 23, 2013

Ex alumnos

Llevaba como treinta años sin verle, desde los tiempos escolares, pero enseguida supe que era él: gordinflón, bajito, sonrojado, aniñado. Ahora llevaba bigote. Y ese apellido inolvidable, recordé, De la Uña. Muy pronto supe que el encuentro sería inevitable: él me había reconocido también. Me dio un abrazo que consideré excesivo, pues en realidad nunca tuvimos mucha relación. En la escuela él tenía sus amigos, supongo, y yo los míos y quizá en todo esos años apenas cruzamos tres o cuatro frases banales y, desde luego, ninguna confidencia sobre política, mujeres o mucho menos fútbol.

-¡Hombre, hombre! –exclamó De la Uña tras ese absurdo abrazo suyo.
-¡De la Uña! –dije yo.

No hubo escapatoria. De la Uña empezó a charlotear incesantemente mostrando su alegría por el encuentro, su feliz sorpresa ante mi buen estado físico general, tan similar al que lucía ya, según él, en nuestros tiempos escolares, se congratuló por su propia buena salud y de ese modo, con un par más de hábiles frases, impidió que yo pudiera despedirme rápidamente. Mi torpe táctica de comprobar el reloj no sirvió de nada y De la Uña me tomó del brazo en modo confidencia, ese modo que jamás compartimos en el pasado.

-Oye –dijo- ¿te enteraste de lo de Clares?
-¿El jugador del Barça?
-No, hombre. El Clares del colegio.
-Pues no. La verdad es que llevo años sin verle, como a ti.
-Murió hace quince días.
-Vaya. Lo siento.
-Un ictus. Fulminante.
-Qué triste –lamenté relativamente.
-Dejó viuda y seis hijos.
-Cielos -me escandalicé.
-¿Y lo de Furrallats? –dijo De la Uña.
-¿Furrallats?
-Aquel rubito.
-Ah, ya –mentí.
-Cáncer. Le cogieron tarde –anunció De la Uña- Hace un año.
-No somos nadie –dije, pensando que en el caso de Furrallats tenía yo más razón que un santo, pues ignoraba quién era Furrallats.
-¿Y García Batés? –prosiguió sin respiro De la Uña.
-¿El que su padre tenía una taller mecánico? –tanteé.
-De suministros navales -corrigió él.
-¿Muerto también? –insinué.
-Ictericia galopante con afección pulmonar – diagnosticó De la Uña- En 2010.

En fin, para qué seguir. Tres o cuatro excompañeros muertos después, De la Uña afirmó que le esperaban en la notaría para un asunto urgente. Se despidió con prisa, no sin aconsejarme que me cuidara y con un “¡nos llamamos!” bastante absurdo, pues ni yo tengo su número ni él, espero, el mío. De eso hace tres semanas. Ayer cené con Borderas, mi amigo del alma, en el bachillerato y aún ahora.

-El otro día vi a De la Uña –anuncié.
¿De la Uña? –repitió él.
-Sí, aquel tonto gordinflón. Ahora lleva bigotito –recordé.
-Imposible –dijo Borderas.
-Bigotito, te lo juro –reí cruelmente.
-De la Uña murió hace años, coño.
-¿Qué? –protesté.
-Se tiró al metro. Fui al entierro. En el 92.

lunedì, settembre 30, 2013

Tumbas

¿Tumbas? ¿Qué me viene a la mente al leer esa palabra? Pues ahora mismo me viene París, por la monstruosa tumba de Napoleón, la de Jim Morrison, la de Chopin, la de… en París hay miles de tumbas importantes, pienso. También se me ocurre pensar en Ernesto Sabato y ‘Sobre héroes y tumbas’. Lo leí hace décadas y casi no recuerdo nada. Salía una muchacha llamada Alejandra. Me enamoré de ella, claro. Pienso en las tumbas que con los años he visto abrir y cerrar. Bueno, quizá me equivoco: ¿Un nicho es una tumba? También en la expresión “a tumba abierta”, en crónicas ciclistas narrando el descenso del, por ejemplo, el Galibier, y los tópicos deportivos. En la tumba de no recuerdo qué rey: es en realidad una bañera aunque haga las veces de tumba. Está en el Monasterio de Santes Creus. La bañera-tumba está hecha de pórfido: desde pequeño recuerdo el nombre de ese material pero no quién está allí enterrado. En Boris Vian y su “Escupiré sobre vuestro tumba”: tampoco recuerdo nada de ese libro y mira que me sabe mal, por Vian, que me cae muy bien. No me olvido de Edgar Allan Poe, por supuesto. Ni de la nieve que cae sobre Irlanda y sobre la tumba de Michael Furey. ¿Y retumbante viene de tumba? Una timba en una tumba. Tumbarse al sol. Seré una tumba. No sé. Las tumbas dan mucho juego, me doy cuenta.

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martedì, luglio 16, 2013

La confusión perfecta

En una película me hubiera parecido un gag estúpido. En la vida real se me antojó sensacional. Sucedió esta mañana, ante la Sagrada Familia, mientras acompañaba a Fratello a su parque favorito zigzagueando entre centenares de turistas. Dos de ellos, diría que escandinavos, consultaban apurados una guía de viaje con aspecto de no entender nada. En la portada de su guía, el asombro. “Lisboa”, he leído.

martedì, aprile 30, 2013

Cielo amarillo

Durante muchos años la gente daba por hecho que por abril aguas mil y que hasta el cuarenta de mayo no había que quitarse el sayo. En el diario, la información del tiempo era una breve nota no mayor que el jeroglífico o el chiste de la página de los pasatiempos y en la tele se ocupaban del tema amables señores que, convencidos de la levedad de su tarea, llegaban a jugarse el bigote por si erraban con su pronóstico de lluvia para el día siguiente. Lo perdían, claro. El tiempo era el Tiempo, a secas, pero con los años la cosa se complicó: los medios apostaron por darle a esta paraciencia más minutos y más páginas, y más minutos y más páginas, y los simpáticos Hombres del Tiempo se convirtieron en meteorólogos. La gente, que durante siglos había vivido sin necesidad de informarse del tiempo del día anterior –porque ya lo había sufrido-, del presente –bastaba con salir a la calle para enterarse- y del de mañana –para eso disponía de un puñado de refranes y de la observación del vuelo del grajo- acabó convenciéndose de que toda esa papanatada de isobaras, satélites, humedades relativas, máximas, mínimas y precipitaciones aportaba realmente algún valor, olvidando que en los viejos y serios periódicos de antaño esa charlatanería había convivido, sin que nadie se indignara por ello, con los pronósticos del astrólogo, de la quiniela o el problema de ajedrez.

La insistencia de los meteorólogos en errar en sus predicciones no ha hecho mella en la fe del populacho: recuerdo que, hace unos pocos años, nadie se tomó la molestia de embadurnar en plumas y alquitrán al charlatán que se ocupaba del tiempo en una televisión de por aquí cuando parloteó incesamente durante veinte minutos, mostrando soleados mapas y calurosas imágenes por satélite obviando que en ese preciso momento caía una bíblica tromba de agua sobre la ciudad que incluso dejó muertos en alguna vía urbana.

Pienso en todo esto a menudo. A la Nueva, que es una convencida creyente de las bondades de la meteorología la tengo harta con mis incendiarios discursos. Pero es que día tras día hallo nuevos argumentos con los que combatir a esa paraciencia. El de ayer fue hasta curioso: yo estaba leyendo una novela (Mr. Witt en el Cantón, de Ramón J. Sender) y di con una frase que me llamó la atención, más que nada por el año que en ella se menciona: “Era un mayo éste de 1873 amarillo como un octubre”. Media hora después, mientras ganduleaba en el sofá, en la tele interrumpieron precipitadamente la imprescindible información deportiva para anunciar… ¡que llovía abundantemente! Supongo que para darle empaque a esta absurda noticia, que cualquiera que no viva en un búnker ya conocía, la meteoróloga explicó que no debíamos sorprendernos mucho si veíamos que el cielo tenía un color amarillento, pues la borrasca provenía de norte de África y ese tono lo daban las partículas en suspensión provenientes del desierto. O algo así. En cualquier caso, di un salto del sofá, recordé el amarillento mayo de 1873 de Sender y me emocioné por poder vivir, en 2013, otro mayo (bueno, casi) amarillo. Salí al balcón desafiando a los elementos y miré al cielo y vi… el gris de siempre de los días de lluvia de siempre. Otra vuelta a la tuerca, pensé. Que vuelvan ya el grajo que vuela bajo y el Hombre del Tiempo y sus bigotes.

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giovedì, aprile 04, 2013

Téngame informado

En el diario de hoy afirman que Corea del Norte amenaza a Estados Unidos con un ataque nuclear, que uno de cada cuatro estadounidenses cree que Obama podría ser el Anticristo y que los hombres que pierden pelo en la coronilla tienen más probabilidades de sufrir problemas coronarios. ¡Hasta en un 32 por ciento! Luego leo en una novela de John le Carré a un personaje exigiendo, sabiamente: “Téngame informado, pero no muy informado”.

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lunedì, marzo 11, 2013

Fraile

Seguro que no era su intención pero, al morir, Medardo Fraile me obligó a constatar una vez más mi vasta incultura. No es que yo no hubiera leído ninguno de sus libros; es que ni siquiera sabía que existía este escritor. Fraile murió hace unos pocos días en Glasgow y los diarios han hablado de un cuentista excepcional, adscrito a una difusa ‘generación del 50’. Ignacio Aldecoa, que aquí ha aparecido un par de veces en los últimos meses, por influencia de la desechería urbana, sería quizá uno de sus representantes más destacados. Bueno, de Medardo Fraile sigo sin leer nada, solo una entrevista que concedió a ‘El País’ en 2004 y que el diario ha rescatado con motivo de su fallecimiento. Una de sus respuestas, una reflexión sobre sus propios cuentos, me encantó: “A mí me gustan los cuentos en los que aparentemente no ocurre nada. Aparentemente. Cuando me dicen: "Es que ahí no pasa nada"; digo: "Bueno, pasa lo que no pasa". Y uno siente esa falta. Si eres muy obvio te sale un cuento decimonónico, muy atado pero sin espacio para el lector. El lector debe quedarse con la idea de que él podría acabar la historia”.

venerdì, febbraio 22, 2013

La velocidad relativa

Los libros ya no caben en mis estantes así que ayer recogí algunos y los llevé a la desechería. Nada que lamentar: eran libros que llegaron a casa sin que yo se lo pidiera, libros que nunca pude leer o, sencillamente, libros que me negué a abrir. Mientras hacía la selección de los descartados tuve en mis manos Paradiso, de José Lezama Lima. Me di cuenta de que ya hace casi 20 años que lo compré –el 25 de octubre de 1994, para ser exactos- y que durante todo este tiempo se me ha resistido tenazmente. Sé que empecé a leerlo en ese lejano octubre, nada más comprarlo, y no pasé de las primeras cuarenta páginas; luego, periódicamente, he insistido en su lectura varias veces y siempre he fracasado.
A Paradiso, en cualquier caso, siempre lo he relacionado con la velocidad o, para ser exactos, con la velocidad relativa, un concepto físico que intentaré exponer en unas breves palabras. Pocos meses después de abandonar por primera vez la lectura de Paradiso devoré La vuelta al día en ochenta mundos, de mi querido Julio Cortázar que, casualmente, dedica ahí un capítulo al libro de Lezama Lima. Cortázar se muestra asombrado por la novela y cuenta que “en diez días, interrumpiéndome para respirar y darle su leche a mi gato Teodoro W. Adorno, he leído Paradiso”. ¡Diez días, pensé yo! ¡Eso es un récord! Yo llevaba, por aquel entonces, ya casi cuatro meses con la novela del cubano y seguía atascado. Me confortó, eso sí, que Cortázar admitiera que “leer a Lezama es una de las tareas más arduas y con frecuencia más irritante que puedan darse”.
En fin, que siguieron pasando los meses, como ya sabéis, y en 1997 cayó en mis manos el Dietari de Pere Gimferrer. Casi se me salieron los ojos de sus órbitas –bueno, miento, no les ocurrió nada a mis ojos- al leer lo que sigue, en un párrafo de su anotación llamada Un cartel turístico: “Siempre recordaré que en un viaje en tren Madrid-Barcelona leí, entera, la primera edición cubana de Paradiso, de Lezama Lima”. ¡Dios mío! Aún suponiendo que la RENFE funcionara tan mal como acostumbra –la anécdota de Gimferrer sucedió, se deduce, a finales de los 60- el viaje de Madrid a Barcelona no podría haber durado más de 10 horas, tirando a largo, sumando apagones, huelgas y descarrilamientos. ¡Leer Paradiso en horas! ¡Increíble! Da la casualidad de que, en esa época en la que yo me torturaba con Paradiso, a Pere Gimferrer solía verle pasear por la barcelonesa calle Provença, los viernes al mediodía, mientras yo esperaba a unos amigos con los que solía almorzar ese día de la semana. Durante meses, viernes tras viernes, quise armarme de valor y detener a Gimferrer y espetarle a la cara: “Eso de que leyó Paradiso en un viaje en tren, ¿se lo inventó, no? ¿O fue en el Orient Express?”. Nunca me atreví: no sé si visteis nunca a Gimferrer pasear por la calle, lo cierto es que daba un poco de miedo.    
¿Vosotros habéis leído Paradiso? ¿En cuánto tiempo? ¿Más que mis veinte años, veinte años que siguen contando? Porque Paradiso, por supuesto, sigue en su estante, le salvé de la desechería, y no pienso morirme sin vencerle.

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venerdì, febbraio 15, 2013

Poemas ¿atroces?

En una frase de su Noticia de un secuestro Gabriel García Márquez se parece a Borges, al decir de un personaje que en su juventud "cometió poemas".

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lunedì, febbraio 11, 2013

La eficiencia nunca fue mi lema

Yo acaba de salir de una larga adolescencia y, contra todo pronóstico, una empresa contrató mis servicios como auxiliar de secretaría, o algo así. Mi puesto carecía de nombre exacto en el organigrama de la empresa (me llamaban “el chico”, “el chaval”, “ese” y, en las últimas semanas, “el atontado ese”) y el propio organigrama carecía de méritos para ostentar dicho nombre, pues solo éramos cuatro: el jefe, el señor Esmarats; su anciano padre, la señorita Flora y yo. Flora llevaba el peso de la empresa, más bien leve, mientras el señor Esmarats iba de un lado para otro molestando bastante y produciendo nada, la verdad, y su padre dormitaba todo el día en un rincón. Dormitaba tanto que, en ocasiones, Flora y yo llegamos a temer que hubiera muerto. “Voy a ir buscando el teléfono de Pompas Fúnebres”, llegó a decir un día Flora, cuyo lema era la eficiencia.
Mis ocupaciones eran varias: la primera de todos fue acercarme al estanco en busca de un paquete de Marlboro para el señor Esmarats. A veces, cuando Flora se iba a desayunar, incluso me ocupaba del teléfono. Digo a veces, porque muchos días cuando Flora se ausentaba yo dejaba sonar el teléfono, seguro como estaba de que la llamada –cualquier llamada- me acarrearía graves problemas. Esa actitud poco profesional pero muy práctica se acentuó desde la mañana en que llamó nuestro mayor cliente, el señor Tramullas y yo, ante la ausencia de Flora y del señor Esmarats, descolgué el teléfono con una inconsciencia solo explicablepor mi juventud. Para resumir, diré que Tramullas pretendía hacernos llegar, inmediatamente, unos importantes documentos.
-¿Tenéis fax? –dijo autoritario.
-¿Eh? –dije yo.
Bueno, creeréis que soy estúpido y muy lejos de la verdad no andáis, pero en mi disculpa diré que esta rica anécdota ocurrió hace ya décadas. La informática solo aparecía en las más novedosas películas americanas y algo tan simple como el fax acaba de desembarcar en las oficinas españolas. No en la del señor Esmarats, por supuesto. Y yo no sabía de qué me hablaba Tramullas. En mi joven mente atontada –hoy sería un fan del Facebook- fax solo sonaba a personaje de Vickie el Vikingo. Fax y Snorre. Hoy, buscando información sobre esa serie de dibujos animados, he descubierto que Fax ni siquiera se llamaba así. Faxe es su nombre exacto. Bueno, para mí siempre se llamará Fax y el caso es que el señor Tramullas pretendía imperiosamente mandarme sus documentos y, mientras le oía hablar –o gritar y maldecirme- al otro lado de la línea telefónica, yo pensaba en Vikie el Vikingo, en su padre Alvar, en Fax y Snorre. La llegada de Flora salvó la situación.
-El señor Tramullas, que no sé qué quiere –le dije a Flora, escabulléndome a ver si el viejo Esmarats seguía dormitando o, finalmente, nos había abandonado.
Me acordé de todo esto esta mañana, cuando con Umbrello y Fratello veíamos la tele a horas intempestivas. En TV3 han emprendido con la reposición (o deposición) de Vickie el Vikingo. Su estreno, según compruebo en la vikipedia la vikinga, ja ja ja, se produjo en 1975. Eran duros años, recuerdo, en los que solo existían dos canales de televisión. Cualquier estreno, así, era un éxito asegurado y únicamente eso explica que personajes como el propio Vickie, Heidi, Marco, Orzowei o el Algarrobo se convirtieran inmediatamente en trending topics ja jaja, que sembrado estoy hoy, en la España franquista o postfranquista cuando, en realidad, solo habrían merecido, como el propio Franco, un tiro en la nuca. Me acuerdo de otros personajes incomprensiblemente célebres de la televisión de la época (aquí admito que no todos merecían la ejecución): el doctor Jiménez del Oso, el árbitro Ortiz de Mendíbibil, el doctor Rosado o la periodista taurina Mariví Romero. Esta última siempre me hacía pensar en mi propia abuela con treinta años menos. Nunca se lo dije (a mi abuela), por si acaso se esfumaba una herencia que, finalmente, se reveló inexistente.

mercoledì, gennaio 16, 2013

Ocho años

Digan lo que digan, ocho años son muchos y eso a veces es un problema. Ocho son los años que le llevo a la Nueva y aunque mi siempre intacta lozanía disimule a la vista de terceros la considerable diferencia, lo cierto es que en ocasiones ese abismo generacional es… pues eso, un abismo. Como el otro día, cuando nos cruzamos por la calle con el Grasas, un hombrecillo que debe su apodo a su siempre brillante tupecillo y que trabaja de camarero en una cafetería del barrio que la Nueva y yo solo frecuentamos en verano, en los días más insoportables de agosto, cuando hasta los chinos se han ido de vacaciones.

-Siempre pienso que el Grasas –dijo la Nueva tras cruzarnos con él- se quedó anclado en algún momento del pasado.

Pensé que la Nueva tenía razón, como casi siempre. El Grasas es de un anticuado terrible. Original, eso sí. Viste original, sus gafas de sol son espeluznantes. Se peina original. Incluso lleva un peine en el bolsillo trasero del pantalón.

-No creo que tenga muchos más años que tú –prosiguió la Nueva- pero se quedó anclado en el pasado hace muchos años. Tantos, que ni siquiera sabría decir cuándo. No recuerdo que la gente se haya vestido así nunca.
-Bueno –dije yo. (Siempre digo “bueno” cuando voy a iniciar un sabio discurso desde la experiencia que me dan los ocho años de ventaja que le llevo a la Nueva)- Para mí que el Grasas se quedó anclado en 1978.
-¿Cómo puedes ser tan exacto? –me dijo la Nueva con admiración.
-Bueno –repetí- Es que el Grasas me recuerda mucho a Rocky Sharpe y los Replays.
-¿Eh? –dijo ella. La admiración que segundos antes la Nueva había sentido por mí acababa de tornarse en impenetrable incomprensión, como si a Umbrello y a Fratello les habláramos ahora del fax, las fiestas de guardar o el UHF.
-Sí, Rocky Sharpe y los Replays –dije- Un grupo de mi infancia. Al Grasas seguro que les gustaban antes de caer en coma o en alguna drogadicción o de que le encerraran en la cárcel, o una mezcla de todas esa cosas.
-Ah. Ni idea- dijo ella.
-No son tan antiguos –dije algo incómodo.
-No, claro –dijo.
-Ramalama ding dong –insistí absurdamente- Si hasta salen en youtube.
-Claro, claro -murmuró.

 En fin, pues eso. El Grasas. Rocky Sharpe. Ocho malditos años.

giovedì, dicembre 20, 2012

Blaumut: Pa amb oli i sal

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mercoledì, dicembre 05, 2012

Un día volveré

Pero bueno, olvidémonos del ministro Wert y centrémonos en la basura estrictamente dicha: en la basura depositada en el Punt Verd, la desechería urbana en la que los barceloneses depositan sus trastos reutilizables y en la que, como ya expliqué hace unos meses, me proveo de todo tipo de libros que, por si fuera poco, después leo. Acudir al Punt Verd me evita tener que pasar por las librerías al uso y bla bla bla. No me repetiré, todo eso ya está explicado en otro post.
El caso es que mi última adquisición en el Punt Verd, ayer mismo, es una edición de Un día volveré, de Juan Marsé, autor que suele satisfacerme (no siempre, pero eso ni Messi) y que, sorprendentemente, aparece con frecuencia entre los libros de la desechería. ¿Por qué? Tengo varias teorías: una, es un autor de cierto prestigio que se regala mucho a gente que no lee y que con él tiempo se libra de ese molesto obsequio. Dos, es un autor que ya lleva muchos años vendiéndose bien y, por ley de vida, ya tiene seguidores que empiezan a morirse, con lo que sus herederos aprovechan para liquidar sus bibliotecas. Tres, es un autor que se vende bien pero se lee poco, con lo que sus libros, con el tiempo, acaban molestando en casa. No sé, es posible que la explicación sea otra, o una mezcla de mis tres teorías.
Lo cierto es que ayer, al llegar feliz a casa con mi amarillenta edición de Un día volveré y empezar a hojearlo, tuve que decir ¡coño! varias veces al descubrir que acababa de conseguir un libro firmado por el propio Marsé en persona. En la primera página, como se acostumbra a firmar los libros: “Para Montse con afecto de su amigo, Juan Marsé. 1982”. Nunca sabré quién es o quién fue Montse (la oscura historia de la prima Montse, pensé enseguida, por supuesto) y por qué triste circunstancia su libro acabó en el Punt Verd. Supongo, en realidad, que la firma de Marsé es una de las miles que el autor habrá tenido que hacer en sus actos promocionales a lo largo de los años. Y, en realidad, tampoco me hace más feliz tener un libro firmado por él: soy bastante mitómano, pero no de esa calaña. Que yo recuerde, sólo he pedido tres o cuatro autógrafos y de eso hace una eternidad: a un par de viejas glorias del Barça y al doctor Cabeza, que fue presidente del Atlético de Madrid hace unas décadas y que se hizo célebre por su extravagante comportamiento. Le pedí la firma en un barco, en el anvés de un prospecto de Primperán -lo único que tenía a mano- y ambos, creo, estábamos como mínimo alegres.
Ahora me pongo a leer Un día volveré, pero me despido con una rica anécdota que leí no recuerdo dónde y que no sé si ya conté en este mismo blog. Asegura la leyenda que se hallaba Juan Marsé en unos grandes almacenes presentando su último libro. Le habían sentado ante una mesa, casi oculto por una pila de ediciones del libro en cuestión, para que se los firmara a sus incondicionales. Pero el caso es que pasaban los minutos y apenas se había acercado nadie. Al final, una señora se plantó ante Marsé y le preguntó:
-¿Cuánto vale?
-¿El libro? –dijo Marsé- No lo sé exactamente, ahora se lo pregunto y se lo digo.
-No, el libro no. La mesa -cortó la señora.

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giovedì, novembre 15, 2012

Física

En mis tiempos escolares fui un patán en esa disciplina, pero ahora con los niños charlamos a menudo de Física. A Umbrello y a Fratello les sorprenden, por ejemplo, las diferentes velocidades a las que pueden circulan coches y motos, el choque de las piedrecitas en el agua del mar, la gigantesca potencia de las cuerdas vocales de la Nueva, su madre o, sin ir más lejos, la capacidad de Spiderman de lanzar telarañas a grandes distancias con ese artilugio que Peter Parker ha adosado a sus muñecas. Suelen comentar conmigo estos y otros temas y yo, pobre inútil, hago lo que puedo. Un ejemplo:  al ver por enésima vez al hombre-araña disparando sus telarañas, Fratello muestra su admiración:
-Uooooohhh  -grita.
-¡Qué lejos! –digo yo en el inconsciente papel de papá participativo.
-¡Hacia el infinito! –cree observar Umbrello.  
-¡Má lejo! –exclama Fratello.
-Bueno, eso es imposible –corrijo yo.
Umbrello y Fratello me miran en silencio unos segundos. Luego, Umbrello, más reflexivo que su hermano menor, pregunta:
-¿Más lejos que el infinito no puede ser?
-No –digo.
-Mmm –dicen ambos al unísono.
Tras una nueva reflexión –y una breve e inaudible consulta con su hermano- Umbrello  pregunta:
-¿Postulas, papá, por un infinito finito?
-Bueeno… –digo yo, consciente ya de dónde me he metido.
-¿Potulas tí papá? ¿Tí? ¿Potulas finito? –repite Fratello.
-Hijos míos, es que así se infiere de los últimos trabajos de los reputados físicos alemanes Grabowski y Beckenbauer –improviso yo, seguro de que los conocimientos futbolísticos de Umbrello no pueden ir aún más allá de Messi y Víctor Valdés.
Mi respuesta satisface a los niños, que se van jugar con sus trenecitos de madera. Umbrello hace salir a su tren de la estación azul y Fratello el suyo desde la verde y en los siguientes minutos querrán descubrir a qué hora y exactamente dónde chocarán ambos vehículos. Los rudimentos de la física, vaya, secretos que yo jamás llegué a dominar. Luego, por la noche, oiré la vocecita de Umbrello pedir desde su camita:
-Papá, cuéntame cosas del doctor Beckenbauer.

mercoledì, ottobre 31, 2012

Petrificado

Ayer hojeaba un diario de provincias –de Madrid, creo- y en un artículo que leí en diagonal di con la palabra: PETRIFICADO. Bueno, es una palabra bien vulgar, diría que casi petrificada por el uso, pero esta vez me llamó vivamente la atención, ignoro por qué. Petrificado, petrificado, dije mentalmente. Y luego repetí la palabra a media voz, lo que me llevó a recordar, por cierto, que un personaje del Ulises aseguraba que “repetir prudente y prismas cuarenta veces todas las mañanas, cura para labios gordos”.
¿Cuántas veces en mi vida habré quedado yo petrificado?, pensé después. Me acordé sin esfuerzo de dos situaciones. En la primera yo era un estudiante que viajaba adormilado en el tren que me llevaba a la Facultad. En una de las estaciones, ya fuera de Barcelona, subió una señora extraordinariamente parecida a mi madre que fue a sentarse delante de mí. En realidad, si no hubiera sido por sus ropas, en nada parecidas a las que solía usar mamá, y a la indiscutible certeza de que hacía media hora me había despedido de ella en casa y que por tanto era imposible físicamente que apareciera ahora en esa estación y con ese llamativo abrigo fucsia, hubiera pensado que esa mujer no se parecía a mamá, sino que realmente era mamá. Y, además, claro está, la señora me ignoró por completo, algo que no habría hecho mi madre. Sin embargo, estuve tentado de preguntarle:

-¿Mamá?

Solo me lo impidió la angustiosa sensación de sentirme petrificado. No tan petrificado, sin embargo, como me sentí un día en que aguardaba en una pequeña sala vacía de un enorme hospital a que me llamaran para hacerme unas pruebas analíticas. Yo era apenas un niño. Me había acompañado hacia allí un camillero, que me mostró una silla y me dijo:

-Siéntate. Ahora mismito vengo.

Le obedecí, desapareció y apenas un minuto después se abrió otra puerta y apareció otro sanitario empujando una camilla en la que descansaba… un cadáver. De que se trataba un cadáver no tuve dudas, nadie amortaja con una sábana a un paciente, por muy enfermo que esté. El nuevo camillero me miró con cierto apuro y dijo:

-Uops. Espera un momento. No te preocupes. Ahora vengo.

Dejó allí su cadáver y desapareció por la misma puerta por la que había desaparecido mi camillero que, casi al instante, reapareció. Miró el cadáver, me miró a mí y dijo:

-Vaya. Qué cosas. En fin, ven conmigo.

Me costó moverme, petrificado como me encontraba.

mercoledì, ottobre 24, 2012

Listeza

"De un muchacho que principia y que promete, el mayor elogio que se puede hacer es exclamar: "¡Qué listo!". Es listeza la labia, la travesura, la habilidad: he ahí los supremos dones entre los españoles, he ahí las cualidades insignes para llegar a ser ministro".
(Azorín, Tiempos y cosas)

giovedì, ottobre 18, 2012

Urgencias

Esta mañana, al salir de casa con mis fieles escuderos Umbrello y Fratello, vi que una ambulancia había aparcado delante de nuestro portal. Fratello, que es muy aficionado a celebrar con alaridos la presencia de cualquier servicio público que lleve sirenas, se mostró feliz y ruidoso con la novedad. Umbrello estaba más ocupado en alguna misteriosa reflexión intelectual y, a mí, la verdad, no me sorprendió el vehículo dado que vivimos en un barrio que al ser habitado casi por completo por niños y ancianos es muy de romperse la crisma, partirse la cadera o sufrir un ictus.

En lo que sí pensé es que debía revisar mi estigmatismo, enfermedad de la que me avisó hace un par de años un amable lector de este blog (en el post “Mudanzas”, en junio del 2010) y que, al parecer, va en aumento. Y es que vi la ambulancia y donde claramente se anunciaba “Urgencias Médicas” yo leí “Urgencias Míticas”. Intenté no pensar en eso y llevar a sus escuelas a Fratello y a Umbrello sin contratiempos, pero el mal ya estaba hecho. ¿Urgencias míticas? Sin duda, pensé, las de Héctor ante Aquiles, las de éste al recibir la flecha mortal en su talón; las de Julio César ante la poco amistosa visita de Bruto y compañía; mucho más modernas pero ya tambien míticas son las urgencias del Titanic tras su encuentro con el iceberg o las de la evacuación de Dunkerque. Las urgencias de los habitantes de la Atlántida. O de Pompeya. Las ya míticas urgencias históricas de Jorge Valdano. Las urgencias de Stanley por hallar a Livingstone. Cuántas urgencias míticas. Y qué poco mítico es correr detrás de un autobús, día tras día, pero cuánto me urge hacerlo para que Umbrello no llegue tarde a clase de psicomotricidad (II).

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mercoledì, ottobre 10, 2012

Collage

En Iges de Valnorte, la aldea de donde huyó mi abuelo, las personas son raras, muy raras o simplemente anormales. Y algunos, los menos, salen listos. Mi abuelo, que era de los raros a secas, pero también de los listos, decía que eso era cosa de la endogamia. Basta con pasearse brevemente por sus dos cementerios, el viejo y el nuevo, para sospechar que algo habrá de eso: casi todos los muertos –y los vivos que siguen malviviendo en Iges- se apellidan Porrés o Batés. Muchos son Porrés Porrés o Batés Batés, algunos son Batés Porrés y otros Porrés Batés. De vez en cuando uno se sorprende al descubrir a un García o quizá a un Martínez; sin duda llegaron a Iges por error y, por un error aún más monumental, allí se quedaron, con lo que en los cementerios de la aldea descansan también muertos llamados García Batés o Porrés Martínez. Los Porrés y los Batés, en cualquier caso, llevan siglos matándose y amándose entre ellos, sin apenas rivales, por conservar en su poder las miserias de Iges.
Mi abuelo, un Porrés Porrés, era, además de raro, de los listos. Fue así que nada más cumplir los 14 huyó de Iges, como quien huye de un maldición y, decidido a tener un futuro para él y para quienes pudiera engendrar en el futuro, se fue tan lejos como pudo: su talento le permitió llegar a San Juan, donde se casó con una muchacha de la ciudad y donde nació mi padre, que aún salió raro, pero normal, y donde mi padre me tuvo a mí y a mis hermanos. Alguno de ellos es raro, pero su rareza no es ya la de Iges.
Más listo que mi abuelo –y también mucho más raro, según se ha contado siempre en casa, de los muy raros- era su primo segundo Aquilino Batés. Mi abuelo, pese a su inteligencia, no pudo llegar más allá de San Juan y aquí se quedó. Aquilino Batés supo ir mucho más lejos, a América, donde llegó con cuatro chavos y donde prosperó con no sé qué negocios sin duda raros. Durante unos años se escribió con el abuelo y, después, ya muy brevemente, con papá. Sabemos que se casó con una chica de allí. Nunca volvió a Iges, ni siquiera a España, se americanizó por completo y hasta perdió feliz el acento de su maldito apellido Batés. Tuvo cuatro o cinco hijos y al parecer todo empezó a torcerse al nacer el menor, que de tan raro que era, escribió Aquilino, parecía haber nacido en Iges. Luego su mujer empezó a enfermar, algo mental, y años después Aquilino murió asesinado, no sabemos cómo. Perdimos el contacto con la familia y de los hijos solo llegamos a saber algo muchos años después. Del menor, aquel al que Aquilino bautizó con ese nombre que siempre nos pareció más propio de una marca de calzoncillos. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí. Norman, eso. Norman Bates.

giovedì, ottobre 04, 2012

Cromos

El post que sigue es absolutamente prescindible para todo aquel que odie el fútbol o que haya carecido de infancia, circunstancias que, en mi modesta opinión, son sinónimas. Diré que ha llegado a manos de Umbrello, y no gracias a mí, su primer álbum de cromos de la Liga de fútbol. Se trata, por supuesto, de un acontecimiento histórico en su vida: ¡el álbum de cromos! ¡Canastos! Nada más verlo, miles de recuerdos se agolparon en mi mente. ¡Mis viejos cromos! Sé que no me creeréis pero la antigua propietaria del piso donde vivimos nos dejó en herencia, además de una silla, la silla de la muerta de la que hablé hace unas semanas, una pequeña caja fuerte empotrada dentro de un armario. Absurdamente, ignoramos la combinación secreta que permite abrirla; más absurdamente aún, se puede abrir con una llave sin problema alguno, por mucho que al cerrarla demos vueltas y vueltas a la rosquilla de los números. El caso, no nos perdamos, es que en la caja fuerte no guardamos ni joyas ni perfumes ni inciensos: allí reposan mis colecciones de cromos de la Liga de fútbol, casi al completo, desde 1972 a 1979. Digo casi al completo porque me falta el cromo de Chuso, un jugador del Oviedo célebre en mi casa por su ausencia en mi colección pero que pasó con más pena que gloria por Primera División.
En fin. No comprendo cómo la literatura ha ignorado durante tantos años la importancia de los cromos en la infancia. En las novelas hay niños muy falsos: mucho subirse a los árboles, mucho soñar con el coño de la vecina, mucho visitar a papá en la cárcel y mucho irse al río a jugar, pero… ¿Y los cromos? Yo pasé buena parte de mi vida infantil mirando, jugando, ordenando mis cromos de fútbol. Soñando con ellos. En tiempos en que el fútbol televisivo era casi un acontecimiento histórico-nacional, los partidos se jugaban dentro de esas maravillosas cartulinas. ¿Era Babiloni, ese medio del Castellón, un tuercebotas? Ni idea, pero para mí, luciendo ese nombre, no podía tratarse más que de un fino estilista. Y sin duda la Real Sociedad contaba con una defensa de lujo; no podía ser otra, con unos zagueros apellidados Gaztelu y Gorriti. Del mismo modo, el Racing de Santander y el Murcia no eran equipos serios, no mientras en sus plantillas militaran Geñupi y Chinchurreta. Bueno, en fin. No sé si Umbrello podrá imaginarse tantas cosas como hice yo, porque Messi, por ejemplo, no es solo un pedacito de cromo con un nombre bonito, sino una persona real (gracias a Dios) que sale y juega al fútbol en la tele cada dos por tres. El mundo del fútbol de su infancia no será tan mágico como lo fue el mío, no. Pero yo le compraré los cromos que haga falta para completar su álbum y, cuando Fratello tenga edad, quizá el año que viene, completaremos dos colecciones por temporada. A lo mejor, por algún error inexplicable, nos sale el misterioso cromo de Chuso.

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venerdì, settembre 28, 2012

No entender

No entender, no poder entender y tener que perder ni que sean unos minutos en la contemplación o en la reflexión es casi siempre la clave para que uno prefiera a un pintor (o un escritor, o un compositor, etc...) sobre otros muchos. Un ejemplo mínimo: no entendí en su momento (y sigo sin hacerlo) qué le está haciendo esa niña a su hermana en la cabeza, a qué viene esa pose tan poco artística. Y gracias a ello contemplé largamente Las hijas del pintor y es así que Thomas Gainsborough se convirtió en uno de mis pintores preferidos.

mercoledì, settembre 19, 2012

Dos puñales y una novela

Mi primera intención esta mañana era escribir algo acerca de la Biblia; por ejemplo, de esa escena en la que Jesús afea la conducta del anciano que regaña a quienes persiguen galgos y podencos pero obvia que él, a escondidas, persigue elefantes. Es ese mismo anciano que, en otra parábola, descubre el comportamiento deshonroso de su yerno pero en lugar de denunciarle a los Sacerdotes le envía al extranjero. Pero no escribiré ni una línea de eso, pues al llevar al colegio a Umbrello y a Fratello me ocurrió una levedad que me parece ahora mucho más asombrosa. Al llegar a la escuela, Umbrello rebuscó en su mochilita y depositó confidencialmente algo en mi mano:

-Son los puñales de mi disfraz de Tortuga Ninja. Los había cogido de casa, pero la maestra no quiere que llevemos armas a clase.

Elogié interiormente el buen juicio de la maestra y la prudencia de Umbrello, obviando sin embargo, como aquel viejo de la parábola, quién regaló a Umbrello ese disfraz tan violento y quién puso esos puñales en su mochila. Pensando en eso volví andando hacia casa, con un puñal en cada mano, pues yo no uso ni bolsas ni mochilas y no me cabían en los bolsillos. Al llegar al Punt Verd, la desechería donde completo mi biblioteca con los libros que mis conciudadanos abandonan, tuve la suerte de hacerme con un ejemplar de Las almas muertas, de mi querido Gogol.

-Dos puñales y una novela –me dije- Buen título si argumento tuviere.

En fin. Pues eso. Que Dios os dé una lúcida vejez.

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venerdì, settembre 07, 2012

Cena con un viejo amigo

Recibimos en casa a un viejo amigo al que llevaba años sin ver y con él pasamos una larga velada con vino, cerveza, dulces y croquetas y anécdotas de un pasado tan pasado que, al contarlas u oírlas, me parecían nuevas, quizá hasta inventadas. Tras despedirnos ya de madrugada vi con desagrado el desorden que nos aguardaría hasta la mañana siguiente: las copas a medio vaciar, los vasos, los platos; los restos de la cena. Tuve la certeza de que todo, nuestra invitación a cenar, su aceptación, todo, había sido un disparate. Y pensé que los viejos amigos son cada vez más viejos y cada vez menos amigos.

PD: Eh, burros, que no va por vosotros. Que no sois viejos amigos, solo estáis algo apolillados.

mercoledì, agosto 29, 2012

Piedras

El río fluía lento y silencioso y Umbrello y Fratello nos daban un respiro a la Nueva y a mí lanzando piedras al agua. Nos sentíamos agotados tras unos largos y tormentosos días de vacaciones con los niños. Una anciana se detuvo en el camino y observó a mis pequeños monstruos.

-¡Qué guapos! –dijo.
-Psí –admitió la Nueva.
-¿Se portan bien?
-¡Noooo!
-¿Dan muchos problemas? –preguntó la señora.
-¡Sííí! –exclamamos la Nueva y yo al unísono.

La anciana no dijo nada. Siguió contemplando sonriente las andanzas de Umbrello y Fratello.

-Nens petits, problemes petits. Nens grans, problemes grans –sentenció antes de despedirse con otra sonrisa.

La Nueva y yo nos miramos. Sin hablar, nos unimos a Umbrello y a Fratello en su infantil diversión. Al cabo de unas horas, nuestras piedras casi habían conseguido desviar el curso del río.

Añadiré sin venir a cuento que esta bucólica escena ocurrió hace unos días en Ordino, donde pude ejercitar con toda libertad mi habilidad para los lapsus linguae transformando en varias ocasiones el nombre de esta localidad andorrana en Sordino. Esta circunstancia me granjeó la enemistad de los lugareños y una merecida fama de cretino en todos los medios de comunicación del Principado.

venerdì, agosto 17, 2012

Amor de colores brillantes

La Nueva y yo seguíamos con relativo interés un programa televisivo en el que un nutrido grupo de desconocidos hablaban del amor, de los amores, de los suyos y de los ajenos. Uno de los individuos aseguró que el amor que hubo entre X y Z fue un amor "inmortal".

Me dio por preguntarle a la Nueva con qué palabra del diccionario definiría nuestro amor. Tras unos segundos, ella respondió:

-Morrocotudo.

Nos reímos morrocotudamente, claro. En el diccionario etimológico he comprobado hoy que “morrocotudo” es una palabra de origen americano. Significaría “muy rico” y deriva, en origen, de “morocoto”, nombre que en alguna lengua indígena de Venezuela se otorga a un enorme “pez fluvial de colores brillantes”. Cosas de nuestro amor.

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giovedì, agosto 02, 2012

Diálogo robado

Durante largos minutos, las dos ancianas que se sientan delante de mí en el autobús guardan silencio. De repente cruzan este breve diálogo:

-Juana -dice una.
-¿Qué? -dice la otra.
-La Mari dice siempre que a los entierros hay que ir.
-No va descafeinada, no.

No dirán nada más antes de que yo tenga que apearme. Llevo horas sin salir de mi asombro. ¿Qué pretende la Mari afirmando eso? ¿Cómo será de fantástico vivir con alguien capaz de decir "no va descafeinada, no"?

lunedì, luglio 23, 2012

Pero si es blanca



Compruebo con sorpresa que, contrariamente a lo que yo había pensado siempre, Petula Clark no es negra. Por cierto, y siguiendo con el post del día 18, veo que Petula cumplirá 80 años en noviembre. No es que sea anciana, es que es muy anciana. Ignoro si lleva pistola.

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giovedì, luglio 19, 2012

One thousand

Me cuentan una de esas levedades que tanto me asombran. En el idioma inglés, si algún desocupado como yo tuviera la absurda ocurrencia de escribir el nombre de los números, empezando por el 1 –uno, dos, tres… o, para ser exactos, one, two, three…- tendría que llegar hasta el número mil (one thousand) para utilizar por primera vez la letra A. Increíble, pienso. Y con la que está cayendo, dirán los bobos.