giovedì, agosto 25, 2005

Mirabelle y los pitufos

Mirabelle trabajaba en la fábrica Smurfers de Bruselas y eso a ustedes les dirá más bien poco. Pero si les digo que Smurfers es la empresa que fabrica las miniaturas en plástico de los pitufos quizá sonreirán como yo sonreí cuando Mirabelle me lo explicó en una de esas primeras tardes plomizas que pasé con ella en Bruselas, tomando cafés con leche en algún bar de la avenida Pfaff o en la plaza Vercruyssen. Mirabelle trabajaba en la sección de control de calidad de Smurfers, que es tanto como decir que la mujer se encargaba de asegurar que de la fábrica salieran unos pitufos de un acabado perfecto.
Según me contó, de cada 100.000 pitufos, unos 500, quizá 1.000, son defectuosos, puesto que las máquinas no son exactas, siempre hay que hacer arreglos, correcciones. Sin embargo, hoy en día, las máquinas que fabrican pitufos se controlan informáticamente, así que el problema es mínimo, basta con modificar una variable en el programa, yo que sé, darle más azul en la pintura final o retocar un milímetro a la izquierda la troqueladora para que el pitufo sea perfecto. Aunque claro, eso no lo hacía Mirabelle, de eso se encargaban otros trabajadores cualificados. Mirabelle se sentaba ante una larga cadena y ante ella pasaban cada día miles de pitufos recién pintados y ella escogía al azar uno de, no sé, de cada mil, y lo observaba con detenimiento, y si detectaba algún error detenía el proceso, examinaba los pitufos de la zona de donde procedía el pitufo defectuoso, llamaba al técnico, estudiaban el error, sacaban conclusiones, tomaban las medidas necesarias para que el fallo no se repitiera y el proceso volvía a ponerse en marcha.
Pues mientras Mirabelle me contaba todo esto, yo sonreía. La muchacha parecía realmente contenta con su trabajo.

-Parece un trabajo interesante -dije, en una de las breves pausas que Mirabelle se permitía cuando algún tema, como en ese caso el de los pitufos, le apasionaba.
-En realidad es de mucha responsabilidad -dijo ella- Si me distraigo, pueden salir a la venta miles de pitufos defectuosos.
-Claro -asentí- ¿Y qué hacéis con los pitufos inservibles?
-Los destruyen. Pero no aquí, no en Bruselas. Lo hacen en no sé dónde, los compra una empresa que aprovecha no sé qué componente para fabricar no sé qué.
-Entiendo -dije- Del pitufo se aprovecha todo, ¿verdad?

Por supuesto, no hace falta que lo digan ustedes, está claro que Mirabelle era un poco simplona. Tonta no, pero sí simplona, aunque buena chica, y muy guapa, o al menos a mí me gustaba mucho. A menudo llegaba ella a mi casa con una sonrisa de oreja a oreja y sacaba del bolsillo de su abrigo un nuevo modelo de pitufo:

-¡Mira! ¡El pitufo cantautor! -exclamaba por ejemplo, y me mostraba un pitufo con una guitarra.

Yo sonreía, le daba un beso de bienvenida (a Mirabelle) y ella colocaba el pitufo en la repisa de la chimenea, donde el nuevo inquilino se reunía con el pitufo escritor, el pitufo periodista, la pitufa maestra, el pitufo chino, el pitufo del Barça (que me hizo una especial ilusión), la pitufilla vendedora de palomitas, la pitufa psicóloga y el pitufo loco, el pitufo barman o el pitufo asesino. La empresa Smurfers sacaba continuamente nuevos modelos al mercado, así que pronto mi comedor se asemejó al Museo del Pitufo, lo que daba a mis apasionados encuentros con Mirabelle un cierto aspecto de sueño infantil.
Pero todas las cosas se acaban. Mirabelle y yo acabamos nuestra relación justamente dos semanas antes de que mi contrato en Bruselas expirara y yo tuviera que volver a Barcelona. Pasé tres días empaquetando mis cosas y facturándolas por adelantado, para poder viajar sin peso. Había decidido abandonar a los pitufos, pero el último día sufrí un pequeño ataque de melancolía, así que los recogí y los puse en una vieja maleta. En el taxi hasta la estación Van Boer contemplé con tranquila tristeza los lugares por los que tantas veces había paseado con Mirabelle. En la estación, mientras esperaba el tren, paseé por el andén. De repente, el asa de plástico de mi maleta hizo un traidor “crec”, la maleta cayó al suelo, se abrió con estrépito y decenas de pitufos se desparramaron por el andén. Los otros pasajeros allí reunidos decidieron al unísono desmentir el tópico sobre la civilización y urbanidad de los ciudadanos belgas y por extensión de todo el Benelux, y se lanzaron como posesos sobre mis pitufos. Me quedé pasmado ante tal muestra de ferocidad, pues en apenas unos segundos desaparecieron todos, los pitufos y los belgas. Me di cuenta de que aún llevaba en la mano el asa de plástico de la maleta, tan inoportunamente roto. Lo miré desolado y pensé que, muy probablemente, había sido fabricado con pitufos defectuosos reciclados.

-A la mierda -dije, y lancé el asa y pateé la maleta en dirección a la vía del tren. Un policía se me acercó y reprochó mi incivismo. Mientras me extendía una multa, vi que de uno de sus bolsillos se asomaba travieso el pitufo del Barça.

4 Comments:

Anonymous mairim said...

Bravo! M´ha agradat molt
He trobat a faltar un "screaming" pitufo... sniff..

9:04 PM  
Anonymous Dani said...

Em Barrufa en especial la metáfora futbolística, però en realitat és per dir alguna cosa, car la teva genialitat no depén de la meva observació d'aquests minúsuls (i blaus?) detalls.

12:32 AM  
Blogger Jordi said...

Un screaming heavy pitufo, una kikapitufa, un pitufo jabalí, un pitufo birraboy, dos pitufas hermanitas, un pitufo técnico de sonido (no, este mejor que no)... la de pitufos que podria fabricar la empresa Smurfers

1:13 AM  
Anonymous Psico said...

I am an Smurf 's collector.Get me in touch with Mirabelle.My e mail is: Juncoparamo@gmail.com.

8:30 PM  

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