lunedì, giugno 19, 2006

Y nos fuimos de boda

Así que La Nueva y yo nos montamos en nuestro sedán blanco y nos fuimos de boda ajena. Encontramos una relativamente cerca, nos presentamos con nuestras mejores sonrisas (y yo con mi traje de 400 dólares), dimos besos a varios desconocidos y al intuir que allí había pasta gansa y que por tanto el pica-pica valdría la pena, decidimos pasar desapercibidos, no fuera que descubrieran nuestra impostura y nos quedáramos sin comer. Entramos en la iglesia dispuestos a asistir impávidos a una tediosa ceremonia religiosa, pero en las bodas ajenas las cosas nunca son como uno espera. No entraré en detalles, porque eso alargaría mucho la historia, pero diré que el cura calificó de “mostrencos” a los niños que alborotaban en el templo durante el acto y que poco después a mí me sonó el móvil, que olvidé tontamente encendido, y eso permitió al sacerdote asegurar que “veo que también hay mostrencos talluditos”. A la Nueva eso le dio un ataque de risa tonta y durante un buen rato me estuvo llamando “talludito”; yo me vengué después cuando, por circunstancias aún no aclaradas, el vómito de un mostrenco aún no talludito estropeó su bonito vestido. El mostrenco vomitador resultó ser sobrino del novio, lo que nos permitió conocer a buena parte de su familia, que en su desolación por el accidente pasó por alto que a nosotros no nos conocían absolutamente de nada. Mientras la madre del novio y su hija Mari Pili ayudaban a la Nueva a adecentar su vestido, un señor que se me presentó como Ramón, cuñado del novio, marido de la mentada Mari Pili, padre del mostrenco vomitador e ingeniero de profesión, me dio conversación para que no me sintiera solo sin la Nueva y, entre otras cosas, me contó que al padre del novio le mató un dromedario. Yo sonreí, claro, pues tomé el comentario del amigo Ramón como una broma. Pero Ramón no sonrió en absoluto y me preguntó:

-¿Le hace gracia?
-Pensé que era una broma -dije.
-Pues no, no es una broma. Al señor Vicente le mató un dromedario.
-Pues lo lamento mucho -dije.
-Bueno, tampoco se rasgue ahora las vestiduras. De eso hace ya casi veinte años.

La Nueva volvió entonces, ya con mejor aspecto y me mostró con una mezcla de orgullo y risa tonta un pequeño regalo que le había hecho la madre del novio como para hacerse perdonar que su nieto, el mostrenco vomitador, hubiera echado las papas encima de su vestido. Y de papas iba el regalo, pues se trataba de un pequeño llavero con la efigie del Papa Ratzinger, pues al parecer era aquella una familia muy religiosa que pocos días antes había visitado el Vaticano en busca de bendiciones y simonías para la nueva pareja, aunque quizá sólo fueran bendiciones porque no sabría decir qué son exactamente las simonías y me suenan a cosa mala. La Nueva y yo nos reímos un buen rato recordando que en casa guardamos un enorme llavero de madera con la figura del Papa Wojtyla, como ya conté en otro lugar de este blog, y decidimos que a partir de ahora coleccionaríamos llaveros papales, aunque si hacemos caso a las profecías de Nostradamus apenas nos quedarán ejemplares nuevos para ampliar la colección.
Y entre una cosa y otra llegó la hora del pica-pica, abundante y opíparo y ambos nos pusimos las botas, metafóricamente claro, porque con mi traje de 400 dólares y botas quizá yo me parecería a Bush, y la Nueva a Dolly Parton. Y luego averiguamos que en las mesas nadie se había preocupado de ordenar a los invitados y que por lo tanto podríamos quedarnos a comer sin problemas. Eso sí, no tuvimos mucha suerte con nuestros vecinos de mesa, pues a la izquierda se sentó un sacerdote agonizante y a la derecha me tocó la típica loca de todas las bodas. Así que obviamos la presencia de nuestros convecinos, si exceptuamos el momento en que, a la hora del sorbete de naranja, el anciano prelado falleció con estrépito, cayendo de bruces sobre la mesa y metiendo su afilada nariz en la copa del sorbete. Un eficiente servicio de camareros retiró al difunto y los sorbetes y sirvieron un plato de carne que no supe identificar. La Nueva dijo que quizá se trataba de dromedario, y yo me pregunté si podría existir a alguien capaz de guardar al dromedario que mató al padre de familia en el congelador durante quince años para servirlo en la boda del hijo, como una especie de enloquecida venganza. Descarté la idea, incluso descarté la idea de que se tratara de cualquier otro dromedario, no necesariamente el dromedario asesino, porque habría sido un detalle insensible y macabro por parte de la familia incluir tal animal en el menú de boda.

-Dromedario seguro que no es -le dije a la Nueva.
-¿No? -dijo ella.
-No. Será reno, alce, camello o ñu, o lo que quieras, pero dromedario no es -afirmé.

En fin, la verdad es que la alimaña estaba de rechupete, como todo lo demás, menos el pastel, que tenía un regusto a Cerebrino Mandri. Con los cafés y las copas llegaron los brindis. Me lo había pasado tan bien que olvidé mi idea de hacer un brindis en referencia a mi traje de 400 dólares y cualquier otra tontería. La Nueva y yo bailamos un poco con escaso acierto y, antes de que sonara “Ritmo de la noche”, hicimos mutis por el foro y mientras volvíamos a casa en nuestro sedán blanco discutimos cuál debía ser el sentido de nuestro voto en el referéndum que ayer se celebraba en el país.

5 Comments:

Blogger miriam said...

I què tal les sabates??
He rigut molt amb la crònica!
S´ha de saber gaudir de tot, bodes alienes incloses. I... pròpies, fins i tot! Si es dona el cas...

11:51 PM  
Blogger Jordi said...

No es dona el cas! No sé per què dones idees!

11:26 AM  
Blogger Jordi said...

Ah, les sabates es van comportar perfectament. Les meves, es clar.

11:26 AM  
Blogger Sauce said...

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11:21 PM  
Anonymous Anonimo said...

Questo commento è stato eliminato da un amministratore del blog.

5:34 PM  

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