lunedì, giugno 12, 2006

Karin y Anelotte

Mansilla Caravaca y yo habíamos salido a tomar unas copas para celebrar no sé qué. Bebimos con demasiada sed, como casi siempre y por este motivo me cuesta recordar algunos detalles de esa noche. Tengo dudas, por ejemplo, acerca de cómo conocimos a esas dos muchachas suecas, Karin y Annelotte, a las que invitamos al Karaoke Colfax, una más de las estúpidas ideas de Mansilla Caravaca.
Yo odio los karaokes y además al lado de esas dos muchachas que nos sacaban a ambos medio palmo me sentía como José Luis López Vázquez en alguna película de los setenta, José Luis López Vázquez y José Sacristán, por ejemplo, paseándose por Torremolinos con dos suecas atontadas por el sol. Por supuesto, estaba seguro de que no tardarían en aparecer dos enormes suecos reclamando a sus mujeres, con lo que José Sacristán, perdón, Mansilla Caravaca y yo acabaríamos la noche huyendo a la carrera, lamentando nuestra suerte y a la mañana siguiente nos encontraríamos en la oficina soportando la tiranía del Jefe, es decir, de José Sazatornil, por ejemplo, y la vida seguiría y el domingo iríamos a Chamartín a ver al Real Madrid.
Pero por el momento estábamos en el karaoke con Karin y Annelotte y Mansilla Caravaca pedía turno para obsequiar a las suecas con su imitación de Elvis Presley interpretando Suspicious minds, yo me concentraba en mi gintonic y buscaba en Karin algún parecido con Abril, porque tácitamente se había establecido que Karin era la mía y Annelotte era la de Mansilla. De eso me alegré, porque en toda la noche fui incapaz de acordarme del nombre exacto de Annelotte y llegué a llamarla Annelise, Annamaria o Pippilotta y me parece que a ella le molestó bastante. Karin, por el contrario, era una muchacha más sencilla, en ciertos momentos me pareció cercana al retraso mental, aunque no sé si eso se debió a nuestras comunes borracheras, a mi mal inglés o a su limitado español.
No recuerdo mucho de la interpretación de Suspicious minds de Mansilla Caravaca, aunque sí soy consciente de las risas y ovaciones que atronaron la sala durante toda su actuación. Me pareció que Annelotte seguía con interés la actuación de mi amigo pero no estoy seguro, de hecho no presté mucha atención porque ya por aquel entonces había decidido que Karin era la viva imagen de Abril, aunque ahora confieso que la sueca era mucha más alta, bastante más gruesa, rubia y no morena y apenas nos entendíamos. Claro que con Abril tampoco, y eso que hablábamos el mismo idioma. Así que yo había empezado a besar a Karin y la sueca apenas oponía resistencia.
Al tercer gintonic, Mansilla Caravaca y Annelotte se despidieron buscando más intimidad y Karin y yo nos quedamos apalancados en esos cómodos butacones de skay observando a una tarada que imitaba, según ella, nada menos que a Kilye Minogue.

—Vámonos a otro sitio —dije yo, autoritario, aunque apenas podía ponerme en pie.

Karin me obedeció, pese a padecer similares problemas. El aire fresco, sin embargo, nos reanimó y le propuse ir andando hasta el puerto.

—¡Oh sí! A ver los barcos —dijo ella en un incipiente español.

La miré con curiosidad y con mucha más atención de la que hasta entonces le había prestado. No era para nada fea, pero sí demasiado voluminosa para mi gusto. Y ni en sueños se parecía a Abril.

—¿Hay muchos barcos en el puerto de Barcelona? —preguntó ella, extrañamente interesada en el tema marítimo.
—Y mucha mugre —respondí yo sin pensar, arrepentido repentinamente de haberle propuesto esa visita al puerto, de haberla besado, de haber salido del karaoke, de haber ido al karaoke, de haber ido a cenar con Mansilla Caravaca, de haber salido de casa esa noche.
—¿Qué es mugre? —preguntó ella.
—Nada. Un tipo de barco. —expliqué.

Nos hallábamos en el último semáforo de las Ramblas, antes de llegar a la estatua de Colón. Cambió a verde y empezamos a andar. A medio cruzar, me di la vuelta de repente y empecé a correr Ramblas arriba, haciendo caso omiso de los gritos sorprendidos de Karin que corría detrás de mí. A la altura de la Plaça Reial la sueca había desistido de la persecución, pero yo seguí corriendo hasta quedar exhausto ante la estatua a Macià de la Plaça de Catalunya. Me tumbé entre los turísticos orines del césped, riendo y llorando alternativamente, buscando un sentido a toda esa noche y preguntándome angustiado dónde estaría Abril a esas horas, y con quién y haciendo qué y hasta cuándo y sintiéndome que estaba, ahora sí, loco. De remate.

Capítulo 6 de “El día que me quieras”

4 Comments:

Blogger Cabeza Mechero said...

Yo conocía a una persona que también le daba por correr, no es que estuviera loco, bebía en exceso. Dejó de correr cuando conoció al amor de su vida. Ahora la bebida le hace hacer otro tipo de burradas.

3:29 PM  
Blogger Stella Blue said...

Tu novela me parece muy interesante y muy bien escrita, a pesar de tratar de algo tan común -y eterno- como el desamor. Quiero leer más. Tus personajes me parecen simpáticos y, a su vez, me repugnan. Eso es algo difícil de conseguir.

10:18 AM  
Blogger Jordi said...

Como yo siempre escribo de mí, podría decirse que acabas de decirme que te caigo simpático y te repugno a la vez. Nunca me habían dicho algo tan original. ¡Gracias!
PD: Estoy observando tu blog!

1:05 PM  
Anonymous Anonimo said...

Hmm I love the idea behind this website, very unique.
»

5:34 PM  

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