giovedì, ottobre 04, 2012

Cromos

El post que sigue es absolutamente prescindible para todo aquel que odie el fútbol o que haya carecido de infancia, circunstancias que, en mi modesta opinión, son sinónimas. Diré que ha llegado a manos de Umbrello, y no gracias a mí, su primer álbum de cromos de la Liga de fútbol. Se trata, por supuesto, de un acontecimiento histórico en su vida: ¡el álbum de cromos! ¡Canastos! Nada más verlo, miles de recuerdos se agolparon en mi mente. ¡Mis viejos cromos! Sé que no me creeréis pero la antigua propietaria del piso donde vivimos nos dejó en herencia, además de una silla, la silla de la muerta de la que hablé hace unas semanas, una pequeña caja fuerte empotrada dentro de un armario. Absurdamente, ignoramos la combinación secreta que permite abrirla; más absurdamente aún, se puede abrir con una llave sin problema alguno, por mucho que al cerrarla demos vueltas y vueltas a la rosquilla de los números. El caso, no nos perdamos, es que en la caja fuerte no guardamos ni joyas ni perfumes ni inciensos: allí reposan mis colecciones de cromos de la Liga de fútbol, casi al completo, desde 1972 a 1979. Digo casi al completo porque me falta el cromo de Chuso, un jugador del Oviedo célebre en mi casa por su ausencia en mi colección pero que pasó con más pena que gloria por Primera División.
En fin. No comprendo cómo la literatura ha ignorado durante tantos años la importancia de los cromos en la infancia. En las novelas hay niños muy falsos: mucho subirse a los árboles, mucho soñar con el coño de la vecina, mucho visitar a papá en la cárcel y mucho irse al río a jugar, pero… ¿Y los cromos? Yo pasé buena parte de mi vida infantil mirando, jugando, ordenando mis cromos de fútbol. Soñando con ellos. En tiempos en que el fútbol televisivo era casi un acontecimiento histórico-nacional, los partidos se jugaban dentro de esas maravillosas cartulinas. ¿Era Babiloni, ese medio del Castellón, un tuercebotas? Ni idea, pero para mí, luciendo ese nombre, no podía tratarse más que de un fino estilista. Y sin duda la Real Sociedad contaba con una defensa de lujo; no podía ser otra, con unos zagueros apellidados Gaztelu y Gorriti. Del mismo modo, el Racing de Santander y el Murcia no eran equipos serios, no mientras en sus plantillas militaran Geñupi y Chinchurreta. Bueno, en fin. No sé si Umbrello podrá imaginarse tantas cosas como hice yo, porque Messi, por ejemplo, no es solo un pedacito de cromo con un nombre bonito, sino una persona real (gracias a Dios) que sale y juega al fútbol en la tele cada dos por tres. El mundo del fútbol de su infancia no será tan mágico como lo fue el mío, no. Pero yo le compraré los cromos que haga falta para completar su álbum y, cuando Fratello tenga edad, quizá el año que viene, completaremos dos colecciones por temporada. A lo mejor, por algún error inexplicable, nos sale el misterioso cromo de Chuso.

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mercoledì, giugno 06, 2007

La vida en la playa

El sábado pasado, la Nueva me arrastró a la playa, pese a mi descomunal resistencia. Lo que más odio de la playa no es el agua, con sus restos fecales flotando por ahí, sino la arena: esos millones de malditos granitos que penetran entre los dedos de mis pies y no me abandonan hasta octubre o noviembre, por muchas duchas que me tome. Muchas duchas, menudo anacoluto, o lo que sea. En fin, el caso es que, además de encontrarme en la playa, tuve que limitarme a permanecer en la arena, porque el agua, a pesar de los restos fecales y todas esos residuos que en ella flotan, estaba al límite de la congelación. Así que la Nueva y yo nos tumbamos sobre la arena, hablando de nuestras cosas y de las cosas de los demás.
Mientras charloteabamos de forma más bien despreocupada, la Nueva empezó a recoger piedrecillas:

-Mira ésta, qué blanca es -me decía.

O bien:

-Esta parece un lapislázuli -se inventaba, pues sus conocimientos de geología son nulos.

De repente, tomó una piedra de forma singular:

-Mira, mira -me dijo, como una niña con piedras nuevas.

Era una pequeña piedrecilla, de forma curiosa.

-¡Cuántos millones de años ha permanecido al amparo de la abrasión del sol y la erosión del agua! -exclamó admirada.
-¿A ver? -dije yo.

La tome entre mis dedos y, como soy un hombre y no un geólogo, quise comprobar su dureza antes que cualquiera de sus otras virtudes. La piedrecilla dijo clic y se rompió en dos. Millones de años de abrasión y erosión al carajo, pensé.

-Qué bruto eres -dijo la Nueva.
-Bueno... -dije yo- Piensa que para la piedra ha sido un cambio radical, tras tantos millones de años de aburrida rutina.

La piedrecilla que rompí el sábado es la que podéis ver en la foto. Para que podáis haceros una idea de su minúsculo tamaño la puse al lado de uno de los cromos de la temporada futbolística 72-73, el cromo perteneciente a Aguirre Suárez, jugador del Granada. Al ver el montaje, la Nueva hizo cara de no entender nada.

-Es una metáfora de la vida -improvisé.
-¿Eh?
-Sí, Nueva -dije- En 1972 yo era un infante que coleccionaba cromos. Tú ni siquiera habías nacido. Aguirre Suárez era un futbolista de 26 años que, por lo que recuerdo, rompía las piernas de los contrarios. En 1972 la piedrecilla se desesperaba por la playa de Castelldefels, aburrida y desprotegida ante la erosión. En el 2007, cuando Aguirre Suárez tiene ya 61 años y tú bastantes menos, la piedrecilla, gracias a mi torpeza, ha vivido uno de los días más felices de su vida. Como tú y yo.
-Está bien -aceptó la Nueva- Venga, a cenar. Guarda la piedra.
-Y el cromo -dije yo.
Posted by Picasa

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