Apariciones
Hace unos años, en el aeropuerto de Heathrow en Londres, vi en la cola de embarque a Patricia Highsmith. Observé levemente emocionado a la célebre escritora de la que, lo admito, nada había leído aún. A mi retorno a Barcelona unos días después le expliqué esta trivial anécdota a un amigo de cultura algo más sólida y exigente que la mía.
–Vi a Patricia Highsmith en Londres –le dije.
–Patricia Highsmith lleva años muerta –repuso.
Supe así que, en algunos días señalados, en Heathrow se aparecen los fantasmas de escritoras famosas. En otra ocasión, en el Passeig de Gràcia barcelonés, vi al celebérrimo John Gielgud, ese veterano actor shakesperiano que casi siempre interpretaba el papel de mayordomo en todo tipo de películas.
No, no os adelantéis a la anécdota: no es que Gielgud estuviera ya muerto. No, qué va. Cuando le vi aún vivía. Lo curioso del caso es que, al día siguiente, los periódicos publicaron la noticia de su muerte, a miles de kilómetros de Barcelona, tras una larga y penosa enfermedad que le había mantenido postrado en cama desde hacía meses. También de este caso extraje mi conclusión: los viejos actores shakesperianos pasean por el Passeig de Gràcia poco antes de morir.
Alguien con más conocimientos y menos indolente que yo debería investigar este tipo de fenómenos asombrosos que conectan nuestro mundo real con el más allá y que, si uno va con los ojos bien abiertos, como yo, se repiten con bastante frecuencia.
–Vi a Patricia Highsmith en Londres –le dije.
–Patricia Highsmith lleva años muerta –repuso.
Supe así que, en algunos días señalados, en Heathrow se aparecen los fantasmas de escritoras famosas. En otra ocasión, en el Passeig de Gràcia barcelonés, vi al celebérrimo John Gielgud, ese veterano actor shakesperiano que casi siempre interpretaba el papel de mayordomo en todo tipo de películas.
No, no os adelantéis a la anécdota: no es que Gielgud estuviera ya muerto. No, qué va. Cuando le vi aún vivía. Lo curioso del caso es que, al día siguiente, los periódicos publicaron la noticia de su muerte, a miles de kilómetros de Barcelona, tras una larga y penosa enfermedad que le había mantenido postrado en cama desde hacía meses. También de este caso extraje mi conclusión: los viejos actores shakesperianos pasean por el Passeig de Gràcia poco antes de morir.
Alguien con más conocimientos y menos indolente que yo debería investigar este tipo de fenómenos asombrosos que conectan nuestro mundo real con el más allá y que, si uno va con los ojos bien abiertos, como yo, se repiten con bastante frecuencia.
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