venerdì, novembre 24, 2006

Anoche, hablando de Quevedo

Anoche, al salir del trabajo, tomé un taxi porque tenía mucha prisa en volver a casa. Sin embargo, escogí el taxista más lento de Barcelona, un hombre ya entrado en años mucho más preocupado en darme conversación que de pisar el acelerador. Estoy seguro de que alguna vez han multado a ese taxista por falta de velocidad. No obstante, y tras unos minutos en los que maldecí al taxista y a mi enfermiza timidez que me impedía exigirle que llegáramos al destino antes de que volviera a salir el sol, empecé a escuchar la perorata del buen señor. Ignoro cómo había llegado a ese punto ya que, como digo, me perdí el inicio de su discurso maldiciéndole mentalmente, pero lo cierto es que en ese momento el taxista me estaba hablando de Quevedo, y no del ex futbolista del Rayo Vallecano, sino del célebre escritor.

-Usted que parece una persona culta -me decía el hombre, aunque desconozco cómo había llegado a esa conclusión porque mis únicas palabras hasta entonces habían sido “Lléveme a a la calle Valencia con Meridiana, por favor”- sin duda conocerá la anécdota que protagonizó Quevedo al referirse sibilinamente a un defecto físico de la reina.
-¿Eso de llamar “coja” a la reina? -dije yo, recordando que en mis tiempos colegiales un profesor al que llamábamos “Sapo” disfrutaba enormemente explicando la misma anécdota cada quince días.
-En efecto -dijo el taxista-.
-“Entre este clavel y esta rosa...” -recité de memoria.
-“...su Majestad escoja” -terminó el profesional.

Reí cortésmente, ya algo más tranquilo pese a la desesperante velocidad (o a la falta de ella) a la que circulábamos, y aunque en mi fuero interno seguía inquieto por que la Nueva me esperaba en casa con un guiso que ya debía estar por su tercer recalentamiento.

-¡Ah, Quevedo! -exclamó el taxista.
-Sí, desde luego -dije yo, por decir algo, pues no tenía mucho que añadir sobre el tema.
-Mucho más asequible que Góngora -señaló él.
-Sin duda -asentí.

En esos instantes estaba yo buscando ya por el habitáculo del taxi la cámara oculta que, a buen seguro, me estaba grabando para alguno de esos programas televisivos tan tontainas y de tanto éxito. El taxista recitaba un largo y complicado poema, no sé si de Quevedo o de Góngora, mientras a su lado pasaban raudamente los coches y los autobuses dándole furibundamente al claxon en protesta por su fantástica lentitud. Incluso nos adelantó un veterano ciclista que nos miró con rostro iracundo.

-Qué prisa lleva hoy la gente, ¿verdad? -dijo el taxista, reduciendo la velocidad para girarse hacia mí.
-Sí, qué nervios -dije.
-Demasiado estrés -afirmó- Quevedo les habría dedicado a esos un buen epigrama.
-Como a la reina -suspiré.

En fin. Llegué a casa tras repasar con el taxista buena parte de la literatura del Siglo de Oro y mucho más tarde de lo que yo pretendía. La Nueva me esperaba en la puerta.

-¿Qué te ha pasado? -me dijo- Empezaba a preocuparme.
-La poesía es así, querida -le expliqué.

6 Comments:

Anonymous Anonimo said...

alguien dijo:
taxis,
el peligro amarillo!

11:48 PM  
Anonymous Anonimo said...

Yo nunca voy en Taxi , ni autobus , tengo problemas con la altura .
KAREEM ABDUL-JABBAR

pd : Alguien sabe la marca de la gomina de PAT , no es para mi es para un amigo .

11:07 AM  
Blogger miriam said...

Y no lo invitaste a subir a que probara el guiso de la Nueva??!
Hay que ser más agradecido con los momentos surrealistas que nos brinda la vida...
Petons

12:48 PM  
Anonymous paula said...

está guay el cuento. desde luego la poesía se cuece a otro ritmo.

3:29 PM  
Blogger Stella Blue said...

Taxistas y barmans con conocimientos. A veces entrañables, otras...

3:26 PM  
Blogger Sauce said...

a mi en los taxis no me pasan esas cosas, como los cojo para trayectos muy largos al final me hacen descuento y to, pero nuinguno me recita poesia, que poco romanticos que son.
Un besote

6:09 PM  

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