giovedì, novembre 13, 2008

Lotería

Estoy acumulando ya, desde octubre y ante el espanto de la Nueva, numerosas participaciones de la Lotería de Navidad. Ella insiste en que el ahorro es la vía más segura hacia el bienestar familiar y que todo ese dinero que estoy gastando en números, décimos y participaciones deberíamos dedicarlos a los estudios universitarios de Umbrello, como si fuéramos estadounidenses de telefilm. Quizá a la Nueva no le falte razón, pero siempre he sentido una irresistible atracción hacia la Lotería de Navidad. Y digo que quizá no le falte razón porque los grandes maestros (los novelistas, los de antaño y los de ahora) han advertido al vulgo de los peligros y falsedades de la lotería.
Lo hizo Stendhal, por ejemplo, en Rojo y negro: “La lotería: engaño cierto y felicidad buscada por locos”, nos dejó escrito. O George Orwell, en 1984: “La lotería, que pagaba cada semana enormes premios, era el único acontecimiento público al que los proles concedían una serie atención. Probablemente, había millones de proles para quienes la lotería era la principal razón de su existencia. Era toda su delicia, su locura, su estimulante intelectual. En todo lo referente a la lotería, hasta la gente que apenas sabía leer y escribir parecía capaz de intrincados cálculos matemáticos y asombrosas proezas memorísticas. Toda una tribu de proles se ganaba la vida vendiendo predicciones, amuletos, sistemas para dominar el azar y otras cosas que servían a los maniáticos. Winston (..) sabía perfectamente (como cualquier miembro del Partido) que los premios eran en su mayoría imaginarios. Sólo se pagaban pequeñas sumas y los ganadores de los grandes premios eran personas inexistentes”.
¿Quizá la lotería es un montaje? ¿Cómo Bin Laden, los asombrosos resultados del Barça actual o la religión? Borges lo asegura en La lotería en Babilonia, en la que insinúa que la Compañía que reparte fabulosos y extrraños premios en realidad no existe más que como justificación de la gris vida de los babilónicos. Según mi querido Chéjov la lotería sí existe, pero sólo para desesperar aún más a los necesitados. En el cuento El billete de lotería, el miserable protagonista se cree millonario por unas horas hasta que descubre que ha leído mal el número ganador; es posible que algún día me ocurra eso a mí, que ayer viendo las noticias leí mal un titular que rezaba: “Los peligros de consumir cannabis”. Ante mi propio pasmo, leí: “Los peligros de consumir caníbales”. En fin. Pelegrí, el pobre protagonista de Les garses, una obra teatral del modernista catalán Ignasi Iglésias, ve como se estropea su vida en cuanto le toca la lotería: pierde la confianza en todos aquellos que le rodean.
Apenas hay referencias sobre la felicidad que proporciona la lotería (la premiada, claro). Recuerdo que en La hora de la cerveza, de Anthony Burgess, el borrachín Nabby Adams pierde su billete pero alguien le regala otro: el ganador. Nabby promete dedicar todo el dinero a beber y a ayudar a sus amigos: felicidad completa. Y también recuerdo, pero muy vagamente, que en una novela de Julio Verne (Por un billete de lotería, creo que se llamaba) hay dos enamorados, un naufragio, un Robinson Crusoe enamorado, una novia desconsolada, un billete de lotería guardado durante años como prenda de amor, un oportuno rescate y una alegría final sin precedentes y con boda por todo lo alto.
Prefiero esa visión de la lotería, la de Burgess y la de Verne, que las anteriores. Aunque también sospecho que la Lotería de Navidad es un fraude y que ese palurdo que el día del sorteo aparece borracho botella de champán en mano en todos los telediarios del país diciendo que ha ganado 20 millones es un actor. Siempre el mismo. Muy malo, por cierto.

PD: Agradecería nuevas aportaciones sobre el tema lotero en la literatura. Estoy escribiendo una monografía. Sobre actores borrachos.

Etichette: , , , ,

lunedì, dicembre 11, 2006

La Guía Bradshaw


Yo no sé si estas cosas le suceden a todo el mundo y sólo yo me doy cuenta de ellas porque tengo una excelente memoria. Quiero decir que es posible que le haya ocurrido a usted también, pero que no haya reparado en ello. Me refiero otra vez a eso de las supuestas casualidades. Y pienso en la Guía de Ferrocarriles Bradshaw que, como su nombre indica, es una popular (en Inglaterra) guía de horarios de ferrocarriles editada por la compañía Bradshaw. Yo no sabía nada de la Bradshaw hasta que, hace unos años, y en un periodo de apenas dos semanas, empezó a perseguirme obsesivamente.
Todo empezó con un libro de aforismos de Oscar Wilde, en la que elogiaba la calidad de dicha guía: “No hay ninguna obra literaria moderna que se precie y que haya sido escrita por un autor inglés en su propio idioma, a excepción, por supuesta, del Bradshaw”. A los pocos días leí El hombre que era Jueves, de Chesterton, donde, para mi asombro, un personaje afirma: “Quédese con su Byron, que conmemora las derrotas de los hombres; deme un horario de trenes Bradshaw, que conmemora sus victorias”. Qué casualidad, pensé sin darle mucha importancia.
Mi siguiente libro fue uno de Agatha Christie, autora que suelo frecuentar cuando tengo ganas de leer pero no de pensar. Se trataba de Assassinats per ordre alfabètic. Un sudor frío empezó a apoderarse de mí al ir adentrándome en el libro, pues pronto queda claro que Hercules Poirot se enfrenta a un asesino que comete sus crímenes con la ayuda de una guía de ferrocarriles. Al final del cuarto capítulo, para mi desesperación, Poirot pronuncia lo inevitable: “¿Era una guía Bradshaw o una guía por orden alfabético?”.
Ya me daba miedo volver a coger otro libro. Pensé que en uno de Julian Barnes llamado El loro de Flaubert estaría a salvo de la Guía de Trenes Bradshaw. Pero... ay. Debí abandonarlo al llegar a ese capítulo que Barnes dedica a comentar la relación de Flaubert con los trenes cuando viaja a Inglaterra. El 3 de junio de 1865, según Barnes, Flaubert escribió en su diario: “He comprado una guía de ferrocarriles”. No dice cuál, pero no hace falta, por supuesto.
Ahora ya no leo. Sólo la Guía de Trenes Bradshaw, una y otra vez.

PD: El dibujo es de El Roto, publicado en esa época en la que me perseguía la Guía Bradshaw.

PD: Casi ocho años después de haber escrito este post -hoy es 16 de octubre de 2014- un lector anónimo me descubre amablemente que en 'La Vuelta al Mundo en Ochenta Días' de Julio Verne también aparece la Guía de Trenes Bradshaw. En efecto: "...Mister Fogg, después de haber consultado su Bradshaw, le pregunté con calma si sabía cuándo saldría un buque de Hong Kong para Yokohama". 
Posted by Picasa

Etichette: , , , ,

lunedì, dicembre 12, 2005

El Negro

El otro día, nada más servirme la Nueva uno de sus apetitosos guisos, le dio por sonar al timbre de la puerta. Dije el clásico y retórico y ahora quién será, y presto y veloz y hasta contento me dispuse a abrir, porque la Nueva y yo no tenemos aún muchas visitas, y menos a la hora de comer. Así que abrí la puerta y un carné con el escudo del país se plantó ante mis narices y una voz anunció: Mossos d´Esquadra. Con el riesgo de parecerme a Julio Verne o a Emilio Salgari, interrumpiré la narración y haré un inciso para explicar que los Mossos d´Esquadra es el nombre que recibe la policía autonómica catalana, que recién acaba de desplegar sus flamantes efectivos en la ciudad en que transcurren los hechos, es decir, Barcelona.
Ante mi sorpresa, el escudo del país desapareció de mi vista y un joven de paisano y para nada vestido de Mosso d´Esquadra me tranquilizó:

-Tranquilo -dijo, en efecto.

A su lado, otro joven me explicó:

-Estamos investigando unos sucesos acaecidos en esta finca la noche del pasado domingo.
-Estoy dispuesto a colaborar -anuncié, aunque la juventud de los mossos me hacía dudar de que en realidad fueran mossos. Eran realmente jóvenes, mucho más jóvenes que yo, de una juventud insultante. De una juventud cósmica. Bueno, claro, pensé, en realidad son mossos, palabra con que en catalán solemos denominar a los jóvenes, y no a los maduros.

El caso es que los mossos buscaban a un individuo que en fechas pasadas había frecuentado la finca que la Nueva y yo habitamos, y al que tanto ella como yo admitimos conocer. El individuo, al que la Nueva y yo siempre habíamos llamado El Negro a causa de la particular pigmentación de su piel, había protagonizado la noche del domingo un desagradable y violento incidente con otro señor desconocido por nosotros, y a consecuencia de ello este desafortunado señor se hallaba en el hospital, al parecer muriéndose. El mosso me preguntó si estaría dispuesto a firmar una declaración admitiendo todos estos hechos.

-¿Cuáles? -quise puntualizar yo.
-Que en varias ocasiones vio al individuo que usted llama El Negro por esta finca. Sólo eso.
-Lo admitiré, sí -feliz en mi papel de ciudadano ejemplar.

El caso es que firmé la declaración. Los jóvenes mossos se fueron, la Nueva y yo comentamos que El Negro siempre nos había parecido algo inquietante, ella me acusó en broma de mi condición de delator, yo hice varias bromas acerca del Negro y la Nueva recalentó su apetitoso guiso. Comimos entre risas que poco a poco desembocaron en silencio. Al terminar nos quedamos en el sofá, viendo la tele, sin hablar. Se oyó un pequeño ruidito en el rellano, la Nueva y yo nos miramos con disimulo y en ese momento supe que el miedo al Negro había llegado a nuestras vidas.

Etichette: